viernes, 1 de noviembre de 2013

El libro de la fuente de vida, de Salomon Ibn Gabirol

L.Luis201311.800

 

Tú eres sabio y la sabiduría es una fuente de vida que brota de ti: todo hombre es demasiado ignorante para conocer tu sabiduría.

Tú eres sabio, más antiguo que todo lo antiguo, y la sabiduría es tu pupila.

Tú eres sabio, no has aprendido más que de ti, y no has adquirido la sabiduría de otro que no seas tú.

Tú eres sabio y de tu sabiduría has hecho emanar una voluntad decidida, la has establecido como obrera, como artesana, para extraer el ser de la nada, como se extrae la luz que sale del ojo; ella bebe en la fuente de la luz sin recipiente, y actúa en todo sin instrumento; ella ahuecó, talló, purificó, refinó – habló a la nada y se resquebrajó, al ser y se consolidó, al universo y se allanó – ella delimitó los cielos palmo a palmo; su mano reúne la tienda de las esferas, ata las colgaduras de la creación con los nudos del poder, su fuerza alcanza el límite inferior y exterior de la creación, el último pendón del conjunto.

 

El libro de la fuente de vida, de Salomon Ibn Gabirol

martes, 1 de octubre de 2013

A Dance with Dragons, de George RR Martin

L.Luis201310.1200

La piedra áspera de los escalones le raspaba las plantas de los pies mientras Cersei Lannister hacía su descenso. Ella había llegado al Septo de Baelor como una reina, montada en una litera. Se iba calva y descalza. «Pero me voy. Eso es lo que importa».

La campana de la torre estaba cantando, convocando a la ciudad para dar testimonio de su vergüenza. El Gran Septo De Baelor estaba lleno feligreses para el oficio de la madrugada, el sonido de sus oraciones hacía eco en la cabeza de la cúpula, pero cuando la procesión de la reina hizo su aparición un repentino silencio cayó y miles de ojos se volvieron para seguirla mientras recorría su camino por el pasillo, más allá de lugar donde su señor padre había yacido después de su asesinato.

Cersei, barrida por ellas, no miraba a derecha ni a izquierda. Sus pies descalzos golpeaban contra el frío suelo de mármol. Podía sentir los ojos, Detrás de los altares, los Siete parecían vigilar también.
En el Salón de las Lámparas, una docena de Hijos del Guerrero esperaban su llegada. Capas arcoíris colgaban a sus espaldas, y los cristales que llevaban en la cresta de sus grandes yelmos brillaban a la luz de la lámpara. Su armadura era de plata pulida brillante como un espejo, pero por debajo, ella sabía que cada uno de ellos llevaba una camisa de pelo. Sus escudos cometa, todos llevaban el mismo dibujo: una espada de cristal que brilla en la oscuridad, la antigua insignia de los que el pueblo llano llamaba Espadas.

A Dance with Dragons, de George RR Martin

jueves, 1 de agosto de 2013

El Quijote II, de Miguel de Cervantes

Aiete 2013 075r1.800

 

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase.

Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante que podía sustentar a un ejército.

Miguel de Cervantes
El Quijote, II